Oler bien no es un trabajo fácil.

El origen del perfume va en relación con la religión, pues los aromatizantes eran empleados como purificantes del alma y ofrenda a los dioses. El incienso, por ejemplo, se usaba en las ceremonias religiosas. El salto de las fragancias se dio cuando empezaron a aplicarse en personas y no en espacios.
En un bajorrelieve del templo de Edfú, en Egipto, se ven los jeroglíficos de muchas de las recetas que seguían en la elaboración de los perfumes.
En el renacimiento, Venecia y Florencia fueron las capitales del perfume. Se recuperaban fórmulas antiguas y la perfumería resurgió en Europa.
Cuando Catalina de Médicis, la gran embajadora del perfume, salió hacia Francia para casarse con el Rey Enrique II, se llevó entre su séquito a su perfumista privado, Renato de Florencia. Al llegar a París, abrió con gran éxito una tienda de perfumes. Las malas lenguas decían que sabía componer igual de bien los perfumes que los venenos.
Francia se convirtió en el imperio del perfume, los guanteros fueron los encargados de venderlos junto a los guantes perfumados que les llegaban del sur de España, donde los moros habían introducido la industria de la piel de cabritilla perfumada.
Los cortes de los reyes de Francia, en particular las de Luis XIV y Luis XV, fueron grandes consumidores de esencias, en parte para disfrazar un poco la peste: a pesar de la elegancia de vestidos, pelucas empolvadas, y fiestas versallescas, ¡el olor de los perfumes permitía disimula la falta de higiene!. (más…)